Colleoni
Aquí estamos, en las colinas de Montalcino, entre nuestros viñedos, donde el tiempo lo marca la tierra y no el calendario. Mi enfoque de la viticultura es sencillo: lo dejo en manos de la naturaleza. No utilizo tratamientos, no interfiero en la vida de la viña. Ella sabe lo que tiene que hacer, tiene raíces profundas y una memoria ancestral. Hacer vino, para mí, significa confiar en la naturaleza. Del viñedo a la bodega, mi trabajo consiste sobre todo en observar, esperar y dejar que la tierra decida. Nada de química, nada de atajos: sólo equilibrio, el verdadero equilibrio, el que surge espontáneamente de los intercambios entre el suelo, las plantas y los microorganismos que viven en las uvas. En el viñedo, las plantas crecen sin forzar, libres para adaptarse al clima y encontrar su propio camino. En la bodega, el vino toma forma sin intervenciones invasivas: fermentación espontánea, levaduras autóctonas, filtración cero. Cada añada tiene su propia voz, cada añada cuenta una historia diferente, pero mis vinos siempre tienen un hilo conductor: energía, pureza de la fruta, elegancia de la estructura, concentración ingrávida.
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